Dijous 17 d'Abril del 2014 - 02:49 0
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Vicent Reig Albero

Fernandino


Fernandino

De: Vicente Reig Albero.

A los artistas he inteligentes de mi generación y de Castelló.

A mis amigos de la web i a los lectores d'acicastello

 

I

Aunque parezca imposible, en Nueva York existe cierto palacete cerca de un parque, y es de planta baja, superior y desván. Es la casa de un multimillonario.

Los rayos de sol iban entrando en la alcoba lujosa del gran financiero. Su mayordomo, impecable con su chaleco negro a rayas amarillas, iba corriendo las cortinas. Pronto, hubo gran luminosidad. El durmiente se estiraba y bostezaba, al propio tiempo que escuchaba.

-Le recuerdo al señor, que hoy es miércoles.- Contrariado, se quitó el batín con que rutinariamente se levantaba. Y es que para Fernandino Prats Rius, el miércoles era el “gran miércoles”. Espero.

Cosme, el mayordomo, salió de la alcoba con toda la ropa esparcida propia de cualquier día normal: el smoking, la corbata, la camisa de seda, los zapatos de charol, etc Volvió con un montón de andrajos y los depositó en el suelo

 

II

-Creo que ya está todo.-dijo, y se pusieron a revisar

-¿Que tal tiempo hace?

-Frio.

-Es ese caso, me pondré las antiguas botas militares

-Le recuerdo al señor que están abiertas por la mitad.

-En tal caso, me pondré los calcetines blancos gruesos, el pantalón apedazado de pana, una camisa de lana, el jersey rojo de cuello alto y…..¿hay algún gorro?

-Le recuerdo al señor que los calcetines además de tener patatas, ya no son blancos ni con pintura. El pantalón tiene un remiendo mal cosido en que se le ve la nalga derecha, y en cuanto al gorro, no tenemos tal, pero puede contar con una bufanda que se compró en un mercadillo de hippies.

 

III

-Perfecto. Ayúdame a vestirme Cosme. ¿Hay desayuno?

-¡Usted verá!

-No. Mejor que ello, me dedicaré a limpiar mi jardín. Lo dejaré para luego. Cosme, traeme el serrucho. Es hora de la poda y voy a empezar ahora.

El multimillonario se vistió y verdaderamente parecía un pordiosero. Agarró el serrucho que le diera Cosme y salió por la puerta de servicio. Al poco, iba de naranjo en naranjo, cual mono, cortando ramas

Toda la mansión estaba rodeada de éstos árboles, en una hilera. Era la planta más apreciada del amo. Aunque les separaba de la calle una valla tonta, al madurar los frutos, desaparecían todos. Fernandino ni llegaba a probarlos. Prefería comer las naranjas del “super” y dejar a que los ladrones o transeúntes se las llevasen. Pero, eso sí, los árboles eran suyos y de sus propios cuidados

Ahora se había demorado en su labor, tenía hambre y para ello, se fue al parque frente a la mansión

 

IV

Estuvo agachado cual pajarillo buscando migas. Casi todas eran pequeñas. Vio un banco y se sentó. Una mujer de color, con un carrito de compra repleto, le había estado observando. Se le sentó a la vera y le ofreció agua y un trozo de pan de ayer, que tenía preparado para las palomas. Fernandino, se lo agradeció. Ya el gusanillo del hambre parecía pasársele.

Ya reposado, se marchó por donde entró en aquel pequeño parque. Cosme, con la limusina, le esperaba

 

V

-¿Ha desayunado el señor?

-Supongo. Vayamos a la 5ª Avenida. ¿Hemos traído el platillo?

-Si, señor, el platillo o escudilla y la cuchara, siempre están en el coche, Está también el cubo, la esponja, el limpiaparabrisas, jabón y los pañuelos de papel. Nada de qué preocuparse. Ya llegamos. Abríguese. Volveré dentro de tres horas.- Y Fernandino se apeó con un bulto que contenía todo lo repasado por Cosme.

 

VI

Empezó la tarea de limpiar lunas de coches.

Era el sitio ideal. Una gran confluencia venía a atascarse en este semáforo puesto en lugar poco adecuado. Fernandino, con esponja y jabón en un cubo, rociaba cualquier luna de coche en stop. Al dueño, aquello parecía desesperarle más. Mientras tanto, Fernandino en su labor le repasaba con un limpiacristales. Luego, pedía la voluntad, pero ésta solía ser escasa.

El truco que se inventó fue el del auto que en verdad iba a esperar mucho. Entonces, se esmeraba más y además, le contaba chistes al conductor. Se comprende que en estos casos, la propina era mayor.

El tráfico se hizo más fluido, de modo que había de pasar a la segunda fase: la de vender pañuelos a automovilistas. Ello, era más difícil.

 

VII

Aquella parte de la gran manzana, era de oriundos italianos o retoños de éstos. El truco de Fernandino consistía en actuar utilizando ésta lengua. Llamar con los nudillos a la ventanilla de los coches. Al propio tiempo les hablaba de las excelencias de llevar siempre pañuelos. Claro está, lo decía en italiano. Le abriesen la ventanilla o no. Vendiese o no. Y vendió más bien pocos. Pensó que debería mudarse al hispano.

 

 

VIII

Y allí estuvo hasta que llegó su limusina, llevada por el leal Cosme. Este le abrió la puerta y escuetamente le preguntó:

-¿A comer?

-Si. Al callejón de la Sexta Avenida. No quiero llegar tarde. Y procura, no te vean.

Fue la limosina por media Nueva York hasta acercarse unos metros más allá del callejón. Fernandino se apeó y se fue a meter en él.

El lugar estaba lleno de marginados, enfermos mentales, drogadictos, pobres y hasta prostitutas jubiladas. Nuestro hombre se fue a sentar con un señor grande y de más grande sombrero. Llevaba con él, un carrito de la compra lleno de andróminas y mordisqueaba media hamburguesa encontrada sobre una valla. Conocía a Fernandino de vista y le saludo.

 

IX

-¿Hay hambre?-le dijo

-Siempre.

-Acaso, ¿tardará en venir la beneficencia?-preguntó el millonario

-Mira ahora que lo dices, aquí están.

Una furgoneta bloqueó el callejón. Abrió su puerta lateral y apareció un chicarrón:

-¡Buenos días chicos!. Ya estamos aquí. Pónganse en fila, con la escudilla. Hoy toca lentejas. ¡Que aproveche!¡Y nada de altercados eh!. ¡Venga! ¡Hay para todos!

Y Fernandino se puso a la fila con su cuchara y escudilla. Se la llenaron más de agua, que de caldo. Algunas lentejas nadaban, y por no haber, ni siquiera había un trozo de tocino o chorizo. No obstante, tenía derecho a repetir, una y otra vez. Hasta tres veces se encaminó nuestro hombre a la furgoneta. Luego echaron al aire, para quien las cogiere, algunas naranjas de mala calidad y ya pasadas. Fernandino, se abstuvo en intentar coger alguna.

 

X

Se retiró en un rincón y se dispuso a echar una cabezadita. Para mejor dormir, su compañero le ofreció de una botella envuelta en papel. No era whisky, ni coñac, tal vez una mezcla de ambos. Y ya, ¡que apacibles fueron los sueños de Fernandino!.

 

XI

Esta vez, se pasó. El propio Cosme, desesperado por si algo hubiera ocurrido mal, pues ya tardaba, tuvo que meterse en medio de aquella gente. Buscar a su amo y después, despertarlo. A rastras, lo llevó a la limosina, Algo beodo, así lo dejó. Luego, marchó por un café, fuerte y caliente. A su amo le llegó hasta la médula. ¿Beodo? No, no estaba borracho, sino con falta de vigor

-Supongo que en su estado, debiéramos desistir en continuar el “gran miércoles”

XII

-De ninguna de las maneras, mi fiel Cosme. Ahora mismo, iremos al hogar de los veteranos del Vietnam ¡Creo que vamos retrasados!. Y la limusina aceleró, en cuanto el tráfico se le permitía. De esta guisa, llegaron a una barriada adinerada. Se destacaba como el más bello edificio, la clínica de los “veteranos”. Era como un hospital.

 

XIII

Fernandino se despidió de Cosme y se apeó cruzando el césped. Al llegar a la entrada no vio a nadie, aunque ésta permanecía abierta. Lo que si vio, fue una hilera de sillas de rueda. Se subió a una. Relativamente cerca, más al fondo, se encontraba la chica de recepción

-¿Vienes al baloncesto?-le preguntó la recepcionista hispana.-Creo que va a empezar. ¿Necesitas ayuda?

-No gracias. Se valerme.- Y zanjó el asunto. Pasó la puerta de acceso y ante él apareció una gran sala que tenía de todo; menos los que de ella la disfrutaban Había ping-pong, billar, recreativos, piscina normal y de rehabilitación, de masaje, además de un gimnasio y salas adosadas, de talleres de manualidades en alambre, madera, pintura, etc. Había de todo, pero los usuarios tenían deficiencias de la guerra. Eran mancos con prótesis y también los cojos. Había ciegos, deformes en variadas partes del cuerpo. Muchos iban en silla de rueda, y a ellos se apegó Fernandino. Llegó a un corral que no era sino canchas, la mayoría, de baloncesto

 

XIV

Llegado allí, supo que era su sitio. Todos iban arrastrándose.

Uno de ellos, balón en mano, le gritó:

-“Comandante”, ¿hace un partido?

-Enseguida. ¿Cuántos somos?

-Seis contra cinco, más usted, empatados.

-Pues, ¡vayamos a ello!.- Y empezó el partido más rocambolesco de todo deporte practicado por Fernandino. En primer lugar, no sabía apenas manejar la silla de ruedas. Al menos, ni en la mitad que sabían ellos. En segundo lugar, porque sólo poseyó tres veces el esférico. Y por último, que sólo marcó una canasta. Terminó el partido.

-Lo siento “comandante” nos han dado una buena paliza.

-Ya vendrá la revancha, Adiós chavales.

Y Fernandino, en silla, volvió sobre sus pasos. Atento a la recepcionista, le quitó un panecillo reservado a los discapacitados. Luego, sin ser visto, dejó la silla y se enfiló a la entrada. Más allá del césped, el bueno de Cosme, le esperaba en su limosina.

 

XV

-Ya está jugada la competición. ¿Quieres medio panecillo, Cosme?

-Se agradece. ¿En dónde vamos ahora?

-Al club de los aliados de la gran guerra. ¿Sabe dónde cae?

-Por supuesto. No queda lejos. ¿Habré de esperar mucho?

-No. Algo más de una hora. ¡Vayamos allá! Y empezaron un corto trayecto. ¡Ahí es!. Y era un bar con planta superior. Aparcó Cosme y le abrió la puerta. Fernandino se arrimó a un local-bar poco común. Se llamaba:

¡Dia D, Hora H

 

XVI

Entró. Y le pareció estar en un museo. Del techo y las paredes colgaban recuerdos de la “gran guerra”: armas, cascos y gorras, bombas de mano, pedazos de tanques y de aviones, fotografías de las más afamadas batallas, insignias, galones y distintivos de mandos, condecoraciones, es decir, de todo. Y claro está, las fotos de los mandamases, y de cada cual, su bandera. Por lo demás, era un bar rutinario. Fernandino lo cruzó sin que nadie le dijera nada y se allegó a una gran sala en la planta alta. Allí, a media altura había una gran bandera americana sobre una mesa, En su alrededor, intentando coser algo, la bordeaba una hilera de “veteranos”. Todos eran viejos. Quien no tenía el Parkinson, tenía artrosis, ceguera, azúcar en la sangre en demasía, o estaba tocado del corazón u otra cosa Nuestro hombre encontró una silla y tomando hilo y aguja prestado del vecino, consiguió tras mucho esfuerzo, coser una estrella. Una monitora, de las tres que había, reconoció su esfuerzo. Y todos le aplaudieron y le felicitaron. Es por ello, que le dieron una chocolatina y Fernandino se marchó muy contento de aquel lugar.

XVII

 

Al llegar donde Cosme, estaba feliz. Lo había pasado bien. Cosme vino a perturbarle el ánimo.

-¿Volvemos a casa?

-De ninguna de las maneras. No quiero terminar mi día sin cenar. ¡Vayamos a la Sexta Avenida!. Van a repartir la cena o me quedaré sin ella.

-De ninguna de las maneras señor. ¡Lejos de usted tal acto!. Vayamos para allá.

Y la limosina una vez más se hizo ver por la gran manzana.

Al igual que la vez anterior, Cosme aparcó unos metros más allá del callejón, y Fernandino se apeó para meterse con los “desaliñados”. Esta vez, enseguida topó con el del carrito de supermercado y gran sombrero. Se llamaba Luis. Así sin más, se lo dijo. Al propio tiempo estaban dando tragos de aquella botella envuelta en papel

-Creo que hoy toca a garbanzos

-Te apuesto tres tragos a que no.-le retó Fernandino.-Y además, habrá más naranjitas que a la mañana.

 

XVIII

-Esperemos.-Y vino la furgoneta con veinte minutos de retraso. De ella, volvió a salir el chicarrón.

-Buenas noches. ¿Hay hambre?.Hoy os traemos algo especial: dos perritos calientes con kétchup, más una naranjita. ¿Qué os parece?

A todos les gustó aunque se quedaran con ganas de más.

-Ya ves Luis. Has perdido. Me quedo la botella y tú te quedas con mi naranjita, y además una chocolatina que te traigo.-Y éste fue el trato.

 

XIX

Ya pasaba el tiempo de la cena. La mayoría se marcharon pronto, luego a cuenta gotas, y ya después, nadie.

Cosme, preocupado, se apartó del vehículo, por ver que le había pasado a su amo. Miró en el callejón. Había un par de cubos de basura que rebosaban, Al fondo, algo parecido a un retrete improvisado. Pasó una rata. Más cerca de la calle, estaba un bulto. Era el señorito. Estaba con la botella en la mano, y durmiendo sobre su propio vómito. ¡Si es que cualquier cosa podía pasarle!. Marchó al coche por una manta. Le envolvió y lo metió en los asientos traseros. ¡Ahora sí que había terminado el “gran miércoles”!

 

XX

Llegado a su mansión, Fernandino continuaba su sueño de paz. Una sirvienta joven salió en ayuda de Cosme, y es que Fernandino, pesaba lo suyo. Arrastras y como pudo ser, lo subieron a su alcoba. Pero no le dejaron en su cama, sino sobre la misma tosca manta. Así, al despertar recordaría que pasó el “gran miércoles”

Entre cuchicheos y murmuraciones Cosme contaba episodios del día. La joven criada, no acertaba a decir:

-¿Y por qué se comporta así?

El chofer se encogió de hombros, y aún así, se atrevió a afirmar:

“Los pobres añoran a los ricos. Puede que algún rico añore al pobre”

 

F i n


2
comentaris
INSERTA EL TEU

Dades de publicació

Data : 09-11-2011
Editor: postmaster
Autor: Vicente Reig Albero
Font: n/a
Remitent: Vicente Reig Albero

#1

Moltes felicitacions, Vicent. Magistral. Es un dels millors relats que has fet, i deixa molt bones reflexions a l'aire.

Salut, amic meu, i gràcies per el teu ingeni.

Castelló i esquerres el Dijous 10 de Novembre del 2011
firma: Vicent

#2

de categoria

93.169 el Diumenge 13 de Novembre del 2011



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